Este fin de semana hemos cambiado la hora. Anochece antes, pero seguimos viviendo como si fuera pleno día. Y ahí empieza el problema.
Nuestro organismo lleva miles de años sincronizado con los ciclos naturales de luz y oscuridad. Cuando desaparece el sol, nuestro reloj biológico necesita recibir una señal: es hora de reducir la actividad y prepararse para descansar.
Pero ¿qué hacemos nosotros? Encendemos luces blancas intensas, iluminamos toda la casa y seguimos mirando pantallas hasta acostarnos.
Estamos diciéndole a nuestro cerebro que todavía es de día.
La exposición nocturna a luz intensa, especialmente rica en longitudes de onda azules, puede retrasar la liberación de melatonina y alterar nuestros ritmos circadianos.
¿Qué deberíamos hacer cuando cae el sol?
- Reducir progresivamente la intensidad de la iluminación.
- Sustituir las luces blancas por luces cálidas, anaranjadas o ámbar.
- Utilizar luz roja tenue cuando sea posible, especialmente antes de dormir.
- Evitar pantallas brillantes y mantener el dormitorio oscuro.
No se trata solamente de dormir ocho horas. Se trata de permitir que nuestro organismo entre en las condiciones fisiológicas adecuadas para descansar y recuperarse.
Como explicamos en El gran engaño del sueño: dormir no es descansar, dormir y recuperarse no son exactamente lo mismo.
La naturaleza apaga la luz para que tú también te apagues. No contradigas cada noche a tu biología.
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